Costumbre desenvainada
En la madrugada del no despertarte somos
timbre y puerta sobre tu jaula
El viento no sabe cuando acabarás tus rimas. El cielo ignora tus almohadas de carne y espesura. No hemos de naufragar en tus desvelos, Solo para pedirte de que seas, en esta noche. La estrella acude a tus rezos sin mentirte. En navidades. No se qué es mi mente sobre tu ausencia. Qué tapiz toman mis noches. Cuando la eternidad me llama bajo tu nombre. Quisiera poseer las estructuras de tu silencio. Malformarlos para darles mi tez mayúscula. Otórgales el norte que me desarraigas en ciertos instantes. La madrugada recorre tus ojos dormidos. Al pensarte entre mis huesos. No creo en la victoria de tus pómulos pero quizás pueda darle una razón de gloria pasajera entre besos. Me inspiro en tus risas de escenario y ya las calles disfrazan lo que pretendemos sin saberlo. Al regalar nuestros pasos de cemento. No pretendo una molestia de minutos. Apenas unos recelos que duren lo que un incendio en tus dedos. Tomar tus manos antes de precoz invierno involuntario.
Desenvainare mi ramo de flor eterna ante tu frente. Me desharé de la costumbre de culparte al beber mis caídas. Y en cierta tarde donde los inocentes cenen sus penas. Impregnaré tu identidad de labios imprudentes. Para que recuerdes que el amor no es solo sinónimo de agosto.
Desenvainare mi ramo de flor eterna ante tu frente. Me desharé de la costumbre de culparte al beber mis caídas. Y en cierta tarde donde los inocentes cenen sus penas. Impregnaré tu identidad de labios imprudentes. Para que recuerdes que el amor no es solo sinónimo de agosto.


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