donde nadie mira lo que somos
Sin las venas en las manos, con la pasión oculta de teatros invisibles. Tu rostro es la piedad acometida desde el sur. Donde nadie mira lo que somos. Frecuentes avispas de los mares. Apenas si damos con nosotros al caer la madrugada. Nadie sobrevive a la amargura. A la palidez de los años arrepentidos que naufragan en tus pieles. Resistiendo cobardías. Hoy miro el tiempo que nos ha engañado. Y pregunto por el corazón absurdo que se ha derribado entre los vientos. Producto de tu inconciencia en tus sueños fragmentados. Tus lagrimas no despiertan en los huesos acromados que construimos. Mis manos no llegan a desafiar la rutina que te envuelve. Pero no lo lamento. Mi sangre se ha acostumbrado a la batalla de resistir en trincheras de oídos perpetuos. No absuelto ni olvidado. El mundo ya no reconoce la identidad fiel en las enaguas. Un espejo estúpidamente narcisista que naufraga en obeliscos. En las entrañas un dios insaciable rompe las cadenas. Yo me desvirtuó por gritar tu nombre. El vuelo tenaz de repetir lo que no fuimos. Cuento tus días como escalones hacia lo desconocido. He besado sin la vergüenza, el vientre oscuro de la noche. Me he ocultado en los pasos de las rosas que no callan. Para desligarme de un pasado. Que me mira en ojos edilicios. Déjame que destroce con mis manos, la tinta que te cubre. Permíteme volver al punto ignorante de tu voz entre las calles, entre los filamentos audaces. Madre de la sangre de mis labios y rumores de un silencio cautivo.


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