tu nombre incendiado
Me incendio en el Sol que examina tu nombre acorralado. Me disgrego sin sentirme antes del alba. No soy mas que mis huesos. No resisto la espera ni los roces de una memoria intransigente. Los ojos se anuncian impresentables tras los tocadores. Nuestros besos solo son maquillaje de la ternura que no aguardas. Y vuelven a ponernos cadenas en las cejas y en los rostros. Para que jamás olvidemos. El clima de enrarecernos se substancia en nuestras calamidades. Todo el cuerpo es un clímax de piedras ahuyentadas en cantos. No corras tras los miedos de calles. Nunca llegaremos con las suelas desgastadas de tiempo. Ni se lo que me digo en la ausencia de cuerdas y vocales. Una lengua que nos envuelve hasta la punta de las nostalgias. La identidad de años resistidos te amalgama las deudas. Te saludo y me despido con la galera de polillas sobre mis sienes. No rías ante invitados y no te quejes en fauces abruptas. Te dirán que es mejor el silencio. Desvístete en sangre solo en sábanas. Aun no me nombran dueño de la noche. Pero prometo visitarte en madrugadas. Cuando ignores mis pasos sobre las heridas de la luna. Recuerda el solsticio que nos une. Aléjate de los pecados inaceptables y recuéstate. Tengo las llaves para ventanas opuestas. He de raptarte algún otoño, cuando tus ojos se confundan con los minutos finales sobre la copa de árboles.


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